¿POR QUÉ LA TORÁ PIENSA DIFERENTE A NOSOTROS?
Por: Rab Amram Anidjar
Existe un dicho popular que dice: Si quieres saber la opinión de la Torá, pregúntale a la gente: ¿qué opinan?, entonces sabrás qué es lo que opina la Torá, exactamente lo contrario.
El motivo no es porque la Torá está torcida, sino porque las personas ven todo al revés. Los médicos explican que la imagen que capta el ojo humano es una imagen volteada, solamente al final del ojo, en la , la imagen se endereza. Es decir, a primera vista todo lo que vemos está al revés, únicamente después es que se endereza. Así también ocurre con la visión instintiva del hombre, primero se piensa todo al revés y solamente con la sabiduría divina es que se puede lograr que se enderecen esos pensamientos.
En nuestra Parashá encontramos muchos temas, pero casi todos son un ejemplo de lo que estamos desarrollando en estas líneas. Siempre nos daremos cuenta que el pensamiento divino está en lo correcto, una vez realizado un análisis profundo y objetivo.
El primer ejemplo lo vemos en la Torá, en nuestra Parashá, específicamente, cuando Dios nos dice: “He aquí que pongo ante vosotros, hoy, a la bendición y a la maldición”. En la Parashá de Nitzabim continua esto, diciendo: “Observa que he puesto ante ti la vida y lo bueno, la muerte y lo malo, la bendición y la maldición… y escogerás la vida” (Deuteronomio 30:16). Aparentemente todos nos preguntamos ¿Por qué Dios nos está ordenando algo que es lógico, nos está ordenando a escoger la vida, por supuesto que lo haremos sin que nos lo ordene?
Para entender esa orden, primeramente, hay que entender qué es vida, qué es bueno y qué es malo. Hay personas que creen que ir los sábados a la playa es muy bueno, que ir a las fiestas “acid”es vida, que estar libre de preceptos divinos es una bendición, que el Shabat es una maldición, que las mitzvot son la muerte, y que estudiar Torá es aburrido porque se pierde el tiempo en tonterías, Dios nos libre.
Por otro lado, hay personas que piensan de otra forma, piensan según los patrones de la Torá, de Dios, que ser un judío temeroso de Dios es bueno, cuidar las mitzvot es una bendición y que estudiar Torá es vida. Por eso escribió la Torá: “…escogerás la vida”, refiriéndose a lo que Dios considera vida y no lo que otros consideran lo que es vida, porque lo que otros piensan, generalmente, está tergiversado y lo que Dios piensa es la verdad. Basta con que analicemos un poco para que nos demos cuenta de esto.
¿Qué es vivir? Cumplir con la Torá y sus preceptos o ir alocado por la vida, emborrachándose, consumiendo drogas, pasarse toda la vida con las amistades en viajes peligrosos… No puede ser, todo esto lo que provoca es la muerte, la muerte espiritual y a veces llega también a provocar la muerte física, Dios nos libre. ¿Acaso eso es vida? Al contrario, solamente la Torá, es quien nos enseña como vivir adecuadamente. Tomen como ejemplo las leyes que expone Maimónides acerca de cómo se debe comer, que se debe comer, cuándo se debe comer, cómo nos debemos bañar, cómo hacer deportes, y verán ¡qué calidad de vida! Además, el que cumple con todas esas leyes, tiene asegurado que jamás se enfermará. También si tomamos las máximas que nos transmitieron nuestros sabios, acerca de cómo debemos abandonar el odio, la envidia, el orgullo, y alegrarnos con lo que tenemos, veremos que viviremos mucho mejor. Todo esto es sin hablar de la vida en el mundo eterno, que esa vida sí es vida.
El segundo ejemplo lo encontramos también en nuestra Parashá, específicamente cuando se habla del esclavo hebreo. Desde un punto de vista superficial todos se preguntan: ¿acaso un judío puede ser esclavo? No puede ser, es desconcertante. Pero la Torá nos enseña que el que roba deberá ser vendido como esclavo, otra vez desde un punto de vista superficial, no aparenta ser lógico, pero al final, veremos que la Torá tiene razón. ¿Por qué? Analicemos lo que hacen hoy en día, en el mundo moderno y avanzado.
¿Qué castigo merece un ladrón? La cárcel, diez años, cinco años, veinte años, todo depende de lo que robó. Imaginémonos un joven que le arranca a una mujer su cartera, llena de dinero, la cadena de oro, y se escapa, pero al final es atrapado por la policía. Le decretan tres años de cárcel. En esa cárcel, ¿con quién se rodea? Seguramente que no se rodea con gente sana, sino con ladrones, violadores, asesinos. A lo largo de su estadía en la cárcel, este joven es entrenado, por esos delincuentes, cómo robar bancos, cómo escaparse de los policías, qué se le dice al juez… En resumidas cuentas, después de tres años en la cárcel, sale graduado de ladrón profesional de la mejor universidad en la materia de toda la ciudad. Desde el día que sale, empieza a trabajar. Ni hablar del dinero, ni de la cadena de oro, que le robó a esa mujer, esto jamás aparecerá. Si la mujer tiene suerte, que se cuide de que no se vengue, este joven que fue encarcelado, durante tres años, por culpa de ella.
Por otro lado, la línea de pensamiento de la Torá es diferente. Cuando se atrapa al ladrón, quien robo seguramente porque no tenia lo qué comer, si no tiene cómo cancelar lo robado, se le manda directamente a trabajar a la casa de quien él robó. Con sus horas de trabajo va pagando el importe total de lo robado. En ese hogar recibe un trato cálido, tanto es así, que la Guemará dice que el que adquiere un esclavo, es como que hubiera adquirido un patrón. El patrón está obligado a darle honores, comida, y si en la casa hay solo una cama, el esclavo es quien la usa y no el amo. En ese hogar es donde aprende el esclavo a comportarse correctamente, sin dañar a los demás. Después de unos años de trabajo, que jamás excede los seis, el patrón está obligado a darle, a ese esclavo, de sus bienes, un poco de ganado, cosechas de uvas y de granos, para que emprenda su vida de nuevo, con bienestar, para que más nunca vuelva a robar. Entonces, ¿Quién tiene razón, la Torá o la justicia moderna, nuestra forma de pensar o la de Dios?
Un tercer ejemplo, lo encontramos en nuestra Parashá, la Torá habla de las bondades del hombre para el hombre, de la caridad. Analicemos, qué piensan las personas al respecto. Muchos piensan que si dan el diezmo, se vana empobrecer. Si finalmente lo dieron, el pobre le debe agradecer toda su vida. Pero, vamos a analizar qué piensa la Torá de esto. Si finalmente diste, ganaste. Cuando des dinero al pobre, agrádesele por recibirlo de tí.
Pero, ¿por qué la Torá piensa así? Porque el dinero que posee la persona, no le vino por sus propios méritos, sino que Dios fue quien se lo dio. Tal y como lo dice el versículo de Proverbios ( ): “El rico y el pobre se encontraron, Dios es quien los hizo así”. Los comentaristas explicaron que todo el mundo piensa que los ricos son ricos porque son personas sabias, saben cómo hacer los negocios, etc. Y que los pobres, son pobres porque son menos capacitados y estudiados. Pero cuando se encuentran, nos daremos cuenta que el pobre es más sabio que el rico, quien no sabe ni siquiera diferenciar entre la izquierda y la derecha. Entonces, es cuando entendemos que todo depende de Dios, Él es quien lo hizo. La riqueza no viene por la sabiduría, ni la pobreza por la ignorancia, estas son cuentas divinas. Es por esto, que Dios nos ordenó a dar diez por ciento de nuestro capital a los pobres. Si se lo damos, entonces nos bendecirá, como lo dice en nuestra Parashá (Deuteronomio 15:10), ¿por qué? ¿Acaso que por eso Dios te bendecirá? Dios sí te bendecirá porque está observando que estás ayudando a los demás, y por eso te multiplica tus ganancias. Entonces no podemos ver como que estamos perdiendo, sino que debemos ver que estamos ganando. Entonces, ¿Quién tiene que agradecer a quién?, ¿Qué le diste al pobre? Dinero, comida, pero ¿Qué recibiste de Dios, a cambio de eso? Bendiciones, protección de la muerte, entonces, recibiste vida. Incluso en el mundo venidero, si diste cien dólares, recibirás cosas que, ni siquiera con un millón de dólares, podrás comprarlas. ¿Quién recibió más que quién? ¿Quién debe agradecer a quién?
Por eso, cuando le preguntó Naomí a su nuera Ruth, quien era una mujer pobre que iba a recolectar las sobras de los campos, ¿Quién es ese buen hombre que te permitió agarrar espigas de su campo? Ruth le respondió: El hombre, a quien le hice el favor de recolectar de su cosecha y no de otra, se llama Boaz. Esa respuesta no es un descaro, sino que es la realidad, porque el rico siempre recibe más de lo que da. Entonces, ¿quién tiene razón, la Torá o nosotros?
Siempre, desde un punto de vista superficial, las palabras de Dios son ilógicas, como los hijos que piensan que sus padres siempre se equivocan, solamente cuando crecen se dan cuenta cuánta razón tenían sus padres. Así ocurre con la Torá.
Que sea la voluntad de Dios que nos abra nuestro entendimiento y captemos sus enseñanzas tan sabias y verdaderas, su visión correcta de las cosas, para que así podamos siempre escoger el camino de la vida y del bien. Amén.
domingo, 29 de julio de 2007
Parasha Ekev
HONRADOS POR DIOS
Por: Rab Amram Anidjar
En esta Parashá, Rashí empieza explicando la importancia de las mitzvot sencillas, su cumpliendo debe ser igual de estricto que las mitzvot más difíciles e importantes.
Aparentemente, no se entiende esta clasificación de las mitzvot, ya que nadie sabe, ¿cuál es más sencilla y cuál es más importante? Es por eso que en el Pirké Avot está escrito, que debemos cuidarnos en cumplir todas las mitzvot, tanto las sencillas como las importantes, ya que no sabemos la recompensa que hay atrás de estas.
¿Cuál es la prueba que no se puede jerarquizar las mitzvot? En toda la Torá no se escribió acerca de las recompensas de cada mitzvá, menos dos, enviar la madre para tomar a sus polluelos, y la mitzvá de honrar a los padres, ambas tienen la misma recompensa, vida larga.
Analicemos, las diferencias existentes entre estas dos mitzvot. Mandar a la madre para tomar a sus polluelos es una mitzvá muy fácil, sin embargo honrar a los padres es muy difícil, porque la mitzvá contiene mucho contenido y detalles. La primera se hace en un instante y la segunda toda la vida. Una es entendible y la otra no. Entonces, si es así, ¿Cómo es posible que tengan el mismo pago? Precisamente por eso, Dios nos quiso enseñar que no podemos evaluar a las mitzvot según los datos que nosotros poseemos, necesitamos de otros datos, para saber cual es una mitra sencilla y cual es importante.
En función de esto, se le pregunta a Rashí: ¿Cómo es posible que él nos catalogue a las mitzvot, como las difíciles y las sencillas? La respuesta es que Rashí nos quiso decir que dentro de las mitzvot, hay detalles mínimos, los cuales debemos de cumplirlos sin despreciarlos. Es decir, las mitzvot no son más o menos importantes, eso nadie lo sabe. Pero el consejo de Rashí es que sepamos respetar y valorar los detalles pequeños para que cumplamos a plenitud con las mitzvot. Por ejemplo, en la mitzvá de tefilín, hay muchos detalles, hay muchas leyes que detallan con exactitud todos los requisitos necesarios para tener un tefilín. Todas estas leyes, aunque nos parezcan innecesarias, o sin importancia, vienen nuestros sabios y nos advierten que nuestra observancia a esas leyes debe ser más respetuosa y sin despreciarlas. Otro ejemplo, puede ser con los Tzitzit, no basta con que tengamos una tela con cuatro esquinas, debemos saber cómo hacer los nudos, qué material, etc. o con la mitzvá de Tefilá (rezar) vemos que no es venir rezar y se acabó, sino que hay sus leyes de cómo rezar, un orden, cundo rezar, qué rezar, etc. Todos esos detalles son importantísimos, como la esencia de rezar.
Hay quienes cumplen las mitzvot, de forma general, comen Kasher, escuchan el shofar, rezan, pero hay quienes cumplen las mitzvot con todos los detalles que la rodean.
Si por ejemplo, dos personas van a una circuncisión, una vez que el rabino nombró al niño, van a la comida, uno de ellos se lava las manos, dice berajá, come su pan, dice unas palabras de Torá en la mesa, separa entre pescado y carne, hace Mayim Ajaronim, dice Birkat Hamazón y se va. El otro, llegó, comió unas galletas, buñuelos, echó unos chistes, hablo de la política del país, y se fue. Al salir un tercero los encontró a ambos y les preguntó, ¿Cómo les había ido? Ambos respondieron que muy bien. ¿Acaso que ambos se merecen la misma recompensa de esa comida de mitzvá (Seudá Mitzvá)?
Dos personas vana rezar en la mañana, uno reza con cuidado, pronunciando todo perfectamente, sin hablar, sin interrumpir, y el otro reza desconcentrado en lo que está diciendo, se salta estrofas y palabras del rezo, habla con el vecino, etc. Ambos, al culminar el rezo, dirán que rezaron, pero la diferencia es que uno rezó cuidando todos los detalles que rodean esa mitzvá y el otro los ignoró.
Por eso en nuestra Parashá está escrito: “Vehayá Ekev Tishmeún, Vaasitem, Ushamartem – Y, por consiguiente, si escucharán estos preceptos, y los cumplirán, y los guardarán” (Deuteronomio 7:12) hablando en plural. Después continua diciendo “…Venatán Lejá, Veahabejá Uberajejá – Y te dará, te amará y te bendecirá…” (Deuteronomio 7), en singular. ¿A qué se debe ese cambio en la redacción? Explican nuestros sabios que en el momento de hacer mitzvot todas las personas están juntas, bajo la misma obligación, pero en el momento del pago, de la recompensa de estas mitzvot, se hace a cada judío por separado. Es por eso que a veces está escrito en plural y a veces en singular. A cada uno le llega su pago en función del empeño invertido, de lo que se esforzó en cumplir una mitzvá. A medida que nos cuidamos más en las mitzvot, cumpliéndolas con todos sus detalles, lo mejor posible, estamos valorándolas, y por ende estamos causando que los aplausos que nos merecemos, crezcan.
Por ejemplo, si dos personas están pasando de la azotea de un edifico, de 22 pisos de alto, a otra azotea de un edificio que está enfrente. La diferencia es que uno lo hace con una tabla de 50 cm. de ancho y el otro en un cable de 1 cm. de ancho. ¿Quién se merece más aplausos? Uno fue casi corriendo, de un extremo al otro, sin concentrarse. Pero el otro, sudó, se concentró, se esforzó en no caer, encima del peligro, y también lo logró. Seguramente que el segundo es quien se merece más aplausos, ya que su esfuerzo fue mayor que el primero. Así también ocurre con todas las mitzvot. Hay personas que hacen las mitzvot muy a la ligera, sin esmerarse, lo que es positivo, ya por lo menos las hacen. Pero los aplausos se los merecen aquellos que se concentran en cada mitzvá, se esmeran en hacerlas bien, de principio a fin, en todos sus detalles.
Es una lástima que no pensemos, si ya estamos haciendo la mitzvá, hagámosla con ganas. De todas formas, la vamos a hacer, entonces adornémosla con todos esos detalles que exige la ley, para que nos llevemos los aplausos de Dios, además de la mitzvá. Asemejemos las mitzvot con pinturas, a medida que hayan más detalles bonitos, más cara será la pintura. Si alguien nos pide dibujar una casa, no es lo mismo hacer una casa y ya. Que si hacemos una casa con un cielo celeste encima de ella, un sol, con césped, un árbol con un pajarito, un gato en la entrada de la casa. Seguro que hay diferencia.
Por esto, debemos de tratar de esforzarnos en hacer las mitzvot perfectamente, para que Dios nos aplauda, nos alabe y nos influencie positivamente. Amén.
Por: Rab Amram Anidjar
En esta Parashá, Rashí empieza explicando la importancia de las mitzvot sencillas, su cumpliendo debe ser igual de estricto que las mitzvot más difíciles e importantes.
Aparentemente, no se entiende esta clasificación de las mitzvot, ya que nadie sabe, ¿cuál es más sencilla y cuál es más importante? Es por eso que en el Pirké Avot está escrito, que debemos cuidarnos en cumplir todas las mitzvot, tanto las sencillas como las importantes, ya que no sabemos la recompensa que hay atrás de estas.
¿Cuál es la prueba que no se puede jerarquizar las mitzvot? En toda la Torá no se escribió acerca de las recompensas de cada mitzvá, menos dos, enviar la madre para tomar a sus polluelos, y la mitzvá de honrar a los padres, ambas tienen la misma recompensa, vida larga.
Analicemos, las diferencias existentes entre estas dos mitzvot. Mandar a la madre para tomar a sus polluelos es una mitzvá muy fácil, sin embargo honrar a los padres es muy difícil, porque la mitzvá contiene mucho contenido y detalles. La primera se hace en un instante y la segunda toda la vida. Una es entendible y la otra no. Entonces, si es así, ¿Cómo es posible que tengan el mismo pago? Precisamente por eso, Dios nos quiso enseñar que no podemos evaluar a las mitzvot según los datos que nosotros poseemos, necesitamos de otros datos, para saber cual es una mitra sencilla y cual es importante.
En función de esto, se le pregunta a Rashí: ¿Cómo es posible que él nos catalogue a las mitzvot, como las difíciles y las sencillas? La respuesta es que Rashí nos quiso decir que dentro de las mitzvot, hay detalles mínimos, los cuales debemos de cumplirlos sin despreciarlos. Es decir, las mitzvot no son más o menos importantes, eso nadie lo sabe. Pero el consejo de Rashí es que sepamos respetar y valorar los detalles pequeños para que cumplamos a plenitud con las mitzvot. Por ejemplo, en la mitzvá de tefilín, hay muchos detalles, hay muchas leyes que detallan con exactitud todos los requisitos necesarios para tener un tefilín. Todas estas leyes, aunque nos parezcan innecesarias, o sin importancia, vienen nuestros sabios y nos advierten que nuestra observancia a esas leyes debe ser más respetuosa y sin despreciarlas. Otro ejemplo, puede ser con los Tzitzit, no basta con que tengamos una tela con cuatro esquinas, debemos saber cómo hacer los nudos, qué material, etc. o con la mitzvá de Tefilá (rezar) vemos que no es venir rezar y se acabó, sino que hay sus leyes de cómo rezar, un orden, cundo rezar, qué rezar, etc. Todos esos detalles son importantísimos, como la esencia de rezar.
Hay quienes cumplen las mitzvot, de forma general, comen Kasher, escuchan el shofar, rezan, pero hay quienes cumplen las mitzvot con todos los detalles que la rodean.
Si por ejemplo, dos personas van a una circuncisión, una vez que el rabino nombró al niño, van a la comida, uno de ellos se lava las manos, dice berajá, come su pan, dice unas palabras de Torá en la mesa, separa entre pescado y carne, hace Mayim Ajaronim, dice Birkat Hamazón y se va. El otro, llegó, comió unas galletas, buñuelos, echó unos chistes, hablo de la política del país, y se fue. Al salir un tercero los encontró a ambos y les preguntó, ¿Cómo les había ido? Ambos respondieron que muy bien. ¿Acaso que ambos se merecen la misma recompensa de esa comida de mitzvá (Seudá Mitzvá)?
Dos personas vana rezar en la mañana, uno reza con cuidado, pronunciando todo perfectamente, sin hablar, sin interrumpir, y el otro reza desconcentrado en lo que está diciendo, se salta estrofas y palabras del rezo, habla con el vecino, etc. Ambos, al culminar el rezo, dirán que rezaron, pero la diferencia es que uno rezó cuidando todos los detalles que rodean esa mitzvá y el otro los ignoró.
Por eso en nuestra Parashá está escrito: “Vehayá Ekev Tishmeún, Vaasitem, Ushamartem – Y, por consiguiente, si escucharán estos preceptos, y los cumplirán, y los guardarán” (Deuteronomio 7:12) hablando en plural. Después continua diciendo “…Venatán Lejá, Veahabejá Uberajejá – Y te dará, te amará y te bendecirá…” (Deuteronomio 7), en singular. ¿A qué se debe ese cambio en la redacción? Explican nuestros sabios que en el momento de hacer mitzvot todas las personas están juntas, bajo la misma obligación, pero en el momento del pago, de la recompensa de estas mitzvot, se hace a cada judío por separado. Es por eso que a veces está escrito en plural y a veces en singular. A cada uno le llega su pago en función del empeño invertido, de lo que se esforzó en cumplir una mitzvá. A medida que nos cuidamos más en las mitzvot, cumpliéndolas con todos sus detalles, lo mejor posible, estamos valorándolas, y por ende estamos causando que los aplausos que nos merecemos, crezcan.
Por ejemplo, si dos personas están pasando de la azotea de un edifico, de 22 pisos de alto, a otra azotea de un edificio que está enfrente. La diferencia es que uno lo hace con una tabla de 50 cm. de ancho y el otro en un cable de 1 cm. de ancho. ¿Quién se merece más aplausos? Uno fue casi corriendo, de un extremo al otro, sin concentrarse. Pero el otro, sudó, se concentró, se esforzó en no caer, encima del peligro, y también lo logró. Seguramente que el segundo es quien se merece más aplausos, ya que su esfuerzo fue mayor que el primero. Así también ocurre con todas las mitzvot. Hay personas que hacen las mitzvot muy a la ligera, sin esmerarse, lo que es positivo, ya por lo menos las hacen. Pero los aplausos se los merecen aquellos que se concentran en cada mitzvá, se esmeran en hacerlas bien, de principio a fin, en todos sus detalles.
Es una lástima que no pensemos, si ya estamos haciendo la mitzvá, hagámosla con ganas. De todas formas, la vamos a hacer, entonces adornémosla con todos esos detalles que exige la ley, para que nos llevemos los aplausos de Dios, además de la mitzvá. Asemejemos las mitzvot con pinturas, a medida que hayan más detalles bonitos, más cara será la pintura. Si alguien nos pide dibujar una casa, no es lo mismo hacer una casa y ya. Que si hacemos una casa con un cielo celeste encima de ella, un sol, con césped, un árbol con un pajarito, un gato en la entrada de la casa. Seguro que hay diferencia.
Por esto, debemos de tratar de esforzarnos en hacer las mitzvot perfectamente, para que Dios nos aplauda, nos alabe y nos influencie positivamente. Amén.
Parasha Vaetjanan
AMARÁS AL ETERNO
por: Rab Amran Anidjar
En nuestra Parashá aparece uno de los versículos más famosos de la Torá. “Shemá Israel Hashem Elokenu Hashem Ejad, Veahabtá Et Hashem Elokeja… – Escucha Oh Israel, el Eterno es nuestro Dios, el Eterno es Uno. Y Amarás al Eterno tu Dios…”.
Este versículo nos acompaña toda la vida, desde el Brit Milá, hasta que la persona se va de este mundo. El primero que lo pronuncia es el padre del recién nacido, en voz alta antes de proceder con la circuncisión. Cuando crece, lo primero que se les enseña, tanto a los niños como a las niñas, es este versículo. Durante todos los días de nuestra vida lo decimos un par de veces, una en la mañana y otra en la noche, además de la que decimos antes de irnos a dormir. En los tefilín de la cabeza y del brazo, que nos ponemos todos los días, también viene escrito dentro de ellos toda la Shemá. Cuando nos casamos, que construimos nuestro hogar, lo primero que hacemos es poner, en todos los marcos de puerta de la casa, una Mezuzá, en la que también está escrita la Shemá. En los últimos instantes de vida (mejorado los 120 años para todos), estamos pronunciando nuevamente este versículo, para entregar nuestra alma al Creador. “Shemá Israel Hashem Elokenu Hashem Ejad”.
¿Qué es lo que tiene este versículo de especial? Es sabido que hay varios tipos de amor. Amor al hombre, a sí mismo, a la esposa, a los hijos, a los padres, a los amigos, a su país de nacimiento, a la patria, al dinero, etc.
A lo largo de la vida, la persona se enfrenta a la pregunta: ¿Qué es más importante, este amor o el otro? La respuesta depende de la decisión de la persona. A veces, la persona se encuentra en situaciones en las que le dicen que escoja entre la vida o el dinero. Otro ejemplo, puede ser cuando la madre le pide a su hijo pasar las fiestas, juntos y la esposa se niega. Como estos, existen otros ejemplos más en los que la persona debe de decidir, qué amor es más importante.
El pueblo judío tiene otro amor que es el amor a Dios, “Veahabtá Et Hashem Elokeja - Y Amarás al Eterno tu Dios…”. Este tipo de amor, como lo escribe el Pele Yoetz, es el más elevado que pueda existir en el mundo.
A lo largo de las generaciones, Am Israel se ha enfrentado a situaciones en las que lo ponen a prueba, para chequear, si el amor a Dios verdaderamente está en la cúspide de la pirámide, o no.
¿Cuántas veces en el pasado los goyim nos pusieron frente estatuas de idolatría para prosternarnos ante ellas o ante cruces? Incluso nos han preguntado: ¿Qué es más importante tu vida o tu Dios? Todos conocemos cuántos judíos valientes han pasado la prueba, frente a los malvados santificaron el nombre de Dios en la Tierra, demostrando así que el amor a Dios está por encima de todas las cosas.
En el tratado de Guitín (53b) del Talmud, se relata la historia de Janá y sus siete hijos. El rey tomó a los siete hijos de Janá, le dijo al primero que renegara de Dios y este le respondió que la Torá ordenó, en el primer mandamiento, creer en Dios, por lo tanto hizo caso omiso de la orden del rey y este lo mató. Le dijo al segundo que debería creer en dos dioses, porque si no lo mataría; le respondió con el segundo mandamiento, No tendrás otros dioses. Entonces lo mató. Al tercero le dijo que continuara creyendo en Dios, pero que sacrificara un animal a su dios, el niño le respondió que aquel que ofrezca sacrificios a otros dioses será excomulgado, por eso no lo hizo y también lo mató. Le dijo al tercero que siga creyendo en Dios, pero que se prosternara ante su estatua, le respondió que está prohibido prosternarse a otro dios, lo mató. Al quinto hijo le dijo, que por lo menos, aceptara que Dios tiene las mismas fuerzas que sus dioses, le respondió: “Shemá Israel Hashem Elokenu Hashem Ejad – Escucha Oh Israel, el Eterno es nuestro Dios, el Eterno es Uno”, solo hay uno poderoso, por eso lo mató. Al sexto le dijo, que por lo menos, creyera que sus dioses son un puente para unirlo con Dios, este le respondió que no hay otro que no sea Dios, lo mató. Al séptimo le dijo que aceptara que Dios es el verdadero, pero que por lo menos, dejó de estar junto a Am Israel y ahora el pueblo elegido eran los goyim, el niño menor también se negó a aceptarlo, ya que está escrito que Dios diariamente renueva su pacto. El rey le pidió a este niño que por favor no lo avergonzara delante de sus ministros, ya había matado a sus seis hermanos y todavía no había conseguido que ninguno aceptara sus planes, para eso le propuso que le lanzaría su anillo al piso para que se viera como que se prosterna ante la estatua, también para eso se negó. Entonces Janá, antes de que mataran a su séptimo hijo, le pidió a su hijo que cuando llegue frente a Dios que le dijera: “Abraham Abinu demostró su amor a Dios, a través de una prueba muy difícil, sacrificar a su único hijo, pero este finalmente no fue matado. Sin embargo, ella junto a sus hijos tuvieron que ponerse a prueba y sí fueron matados, demostrando así que el amor de todos ellos hacia Dios era mucho mayor que el de los demás.
Desde entonces hasta hoy en día, nos hemos preguntado si el amor a Dios que sentimos está por encima de todo o no.
El Ben Ish Jai escribió en su libro, una historia que dice así: había una vez, un judío muy pobre que vivía de la caridad. Este judío, recibió una oferta de un cura, que le dijo que si se convertía al cristianismo le daría un sueldo muy bueno, con el que podría vivir cómodo, sin ningún tipo de apuro. El judío le preguntó: ¿En qué consistía ser cristiano? El cura le explicó que lo único que tenía que hacer era, no comer carne en semana santa. El judío le preguntó: ¿Entonces cómo me hago cristiano? El cura le dijo que le echaría encima de su cabeza agua bendita, decía unas palabras y así se hacia cristiano. El judío aceptó, el cura le echo su agua bendita y le dijo: No eres judío, eres cristiano. No eres judío, eres cristiano… El cura para chequear al judío, que tanta plata había recibido de la Iglesia, fue a su casa en semana santa a ver si estaba cumpliendo con el trato. Cuando entró de sorpresa a la casa, vio que el judío estaba comiendo un trozo de carne muy gustoso. En ese momento el cura se molestó, le empezó a insultar y a gritar, pero el judío no entendía por qué le gritaba, y le explicó al cura que eso no era carne. El cura le preguntó ¿Cómo que no es carne, si lo estoy viendo? El judío le dijo que antes de sentarse a comer le echó agua bendita a la carne y le dijo: Tú no eres carne, eres pescado. No eres carne, eres pescado…
Hoy en día, gracias a Dios, no existe la amenaza, que nos obliguen a renegar de nuestra religión para continuar viviendo. Pero, sí existen otras situaciones, en las que el amor a Dios queda en cuestión. Por ejemplo, con el dinero, nos preguntamos: ¿Qué preferimos, rezar en las mañanas Shajrit o abrir más temprano la tienda? ¿Rezar Minjá o cerrar más tarde la tienda? ¿Cerrar el negocio en Shabat o trabajar un día más a la semana? ¿Cuidarnos de robar, mentir, no pagar a tiempo o ganar dinero a como de lugar? ¿Comprar tefilín, mezuzot, libros de Torá o guardar el dinero en el banco?
También con las pasiones y deseos estamos a prueba, si preferimos eso o el amor a Dios. Por ejemplo, si a alguien le gusta la comida china, pero no es Kasher, ¿a quién queremos más a los chinos o a Dios? Si a alguien le gusta ir a la playa los sábados, pero Dios lo prohibió, ¿Qué es más importante, mi disfrute o la voluntad de Dios? Si a una mujer le gusta vestirse a la moda, sin recato, pero Dios le prohibió a ella ir descotada, ¿Qué es más importante la comodidad de ella o la orden de Dios?
Las relaciones prohibidas son otra amenaza, que nos pone a prueba nuestro amor a Dios. Cuando la persona tiene la tentación de ir con su esposa en periodos de impureza o mantener relaciones extramatrimoniales, debe pensar ¿a quién ama más, a Dios, amor eterno, o a…, amor temporal? Todo esto es sin hablar de los que se casan con goyá, o judías con goyim, que desprecian a Dios por el goy o repugnan a esa cadena milenaria judía por una goyá, cosas por la que nuestros antepasados dieron sus vidas, en el pasado.
El rey Salomón en el Cantar de los Cantares describió el amor del pueblo judío por Dios, lo asemejó al amor de un hombre por su mujer, al igual que la mujer haría lo que fuera por el bienestar de su marido o el marido por el bienestar de su esposa, así también haríamos nosotros lo que fuera por el amor que sentimos por Dios. Cuando la esposa le dice al marido que está un poquito gordo, que haga dieta, si el marido la ama, seguramente lo hará. Al igual que si el marido le insinúa a su esposa que está un poquito “circular”, con amor, la mujer estaría dispuesta a hacerlo por él. También cuando la mujer llama a su marido a las cuatro de la mañana, que necesita hablar con él algo muy importante, si el marido la ama, saldrá disparado como un misil para ayudar a su esposa. Así es también con nosotros, cuando Dios nos pide que no comamos ciertos productos, si verdaderamente lo amamos, no comeremos ese producto y si, en verdad, amamos a Dios el despertar en las mañanas para ir a rezar es mucho más fácil. Cuando amamos otras cosas, dejamos a Dios de segundo o tercer nivel.
Que sea la voluntad de Dios que el amor que le tengamos, siempre esté por encima de todas las demás cosas, para que pronto se revele, a los ojos de los demás pueblos, el amor que siente Él por su pueblo escogido y bendito. Amén.
por: Rab Amran Anidjar
En nuestra Parashá aparece uno de los versículos más famosos de la Torá. “Shemá Israel Hashem Elokenu Hashem Ejad, Veahabtá Et Hashem Elokeja… – Escucha Oh Israel, el Eterno es nuestro Dios, el Eterno es Uno. Y Amarás al Eterno tu Dios…”.
Este versículo nos acompaña toda la vida, desde el Brit Milá, hasta que la persona se va de este mundo. El primero que lo pronuncia es el padre del recién nacido, en voz alta antes de proceder con la circuncisión. Cuando crece, lo primero que se les enseña, tanto a los niños como a las niñas, es este versículo. Durante todos los días de nuestra vida lo decimos un par de veces, una en la mañana y otra en la noche, además de la que decimos antes de irnos a dormir. En los tefilín de la cabeza y del brazo, que nos ponemos todos los días, también viene escrito dentro de ellos toda la Shemá. Cuando nos casamos, que construimos nuestro hogar, lo primero que hacemos es poner, en todos los marcos de puerta de la casa, una Mezuzá, en la que también está escrita la Shemá. En los últimos instantes de vida (mejorado los 120 años para todos), estamos pronunciando nuevamente este versículo, para entregar nuestra alma al Creador. “Shemá Israel Hashem Elokenu Hashem Ejad”.
¿Qué es lo que tiene este versículo de especial? Es sabido que hay varios tipos de amor. Amor al hombre, a sí mismo, a la esposa, a los hijos, a los padres, a los amigos, a su país de nacimiento, a la patria, al dinero, etc.
A lo largo de la vida, la persona se enfrenta a la pregunta: ¿Qué es más importante, este amor o el otro? La respuesta depende de la decisión de la persona. A veces, la persona se encuentra en situaciones en las que le dicen que escoja entre la vida o el dinero. Otro ejemplo, puede ser cuando la madre le pide a su hijo pasar las fiestas, juntos y la esposa se niega. Como estos, existen otros ejemplos más en los que la persona debe de decidir, qué amor es más importante.
El pueblo judío tiene otro amor que es el amor a Dios, “Veahabtá Et Hashem Elokeja - Y Amarás al Eterno tu Dios…”. Este tipo de amor, como lo escribe el Pele Yoetz, es el más elevado que pueda existir en el mundo.
A lo largo de las generaciones, Am Israel se ha enfrentado a situaciones en las que lo ponen a prueba, para chequear, si el amor a Dios verdaderamente está en la cúspide de la pirámide, o no.
¿Cuántas veces en el pasado los goyim nos pusieron frente estatuas de idolatría para prosternarnos ante ellas o ante cruces? Incluso nos han preguntado: ¿Qué es más importante tu vida o tu Dios? Todos conocemos cuántos judíos valientes han pasado la prueba, frente a los malvados santificaron el nombre de Dios en la Tierra, demostrando así que el amor a Dios está por encima de todas las cosas.
En el tratado de Guitín (53b) del Talmud, se relata la historia de Janá y sus siete hijos. El rey tomó a los siete hijos de Janá, le dijo al primero que renegara de Dios y este le respondió que la Torá ordenó, en el primer mandamiento, creer en Dios, por lo tanto hizo caso omiso de la orden del rey y este lo mató. Le dijo al segundo que debería creer en dos dioses, porque si no lo mataría; le respondió con el segundo mandamiento, No tendrás otros dioses. Entonces lo mató. Al tercero le dijo que continuara creyendo en Dios, pero que sacrificara un animal a su dios, el niño le respondió que aquel que ofrezca sacrificios a otros dioses será excomulgado, por eso no lo hizo y también lo mató. Le dijo al tercero que siga creyendo en Dios, pero que se prosternara ante su estatua, le respondió que está prohibido prosternarse a otro dios, lo mató. Al quinto hijo le dijo, que por lo menos, aceptara que Dios tiene las mismas fuerzas que sus dioses, le respondió: “Shemá Israel Hashem Elokenu Hashem Ejad – Escucha Oh Israel, el Eterno es nuestro Dios, el Eterno es Uno”, solo hay uno poderoso, por eso lo mató. Al sexto le dijo, que por lo menos, creyera que sus dioses son un puente para unirlo con Dios, este le respondió que no hay otro que no sea Dios, lo mató. Al séptimo le dijo que aceptara que Dios es el verdadero, pero que por lo menos, dejó de estar junto a Am Israel y ahora el pueblo elegido eran los goyim, el niño menor también se negó a aceptarlo, ya que está escrito que Dios diariamente renueva su pacto. El rey le pidió a este niño que por favor no lo avergonzara delante de sus ministros, ya había matado a sus seis hermanos y todavía no había conseguido que ninguno aceptara sus planes, para eso le propuso que le lanzaría su anillo al piso para que se viera como que se prosterna ante la estatua, también para eso se negó. Entonces Janá, antes de que mataran a su séptimo hijo, le pidió a su hijo que cuando llegue frente a Dios que le dijera: “Abraham Abinu demostró su amor a Dios, a través de una prueba muy difícil, sacrificar a su único hijo, pero este finalmente no fue matado. Sin embargo, ella junto a sus hijos tuvieron que ponerse a prueba y sí fueron matados, demostrando así que el amor de todos ellos hacia Dios era mucho mayor que el de los demás.
Desde entonces hasta hoy en día, nos hemos preguntado si el amor a Dios que sentimos está por encima de todo o no.
El Ben Ish Jai escribió en su libro, una historia que dice así: había una vez, un judío muy pobre que vivía de la caridad. Este judío, recibió una oferta de un cura, que le dijo que si se convertía al cristianismo le daría un sueldo muy bueno, con el que podría vivir cómodo, sin ningún tipo de apuro. El judío le preguntó: ¿En qué consistía ser cristiano? El cura le explicó que lo único que tenía que hacer era, no comer carne en semana santa. El judío le preguntó: ¿Entonces cómo me hago cristiano? El cura le dijo que le echaría encima de su cabeza agua bendita, decía unas palabras y así se hacia cristiano. El judío aceptó, el cura le echo su agua bendita y le dijo: No eres judío, eres cristiano. No eres judío, eres cristiano… El cura para chequear al judío, que tanta plata había recibido de la Iglesia, fue a su casa en semana santa a ver si estaba cumpliendo con el trato. Cuando entró de sorpresa a la casa, vio que el judío estaba comiendo un trozo de carne muy gustoso. En ese momento el cura se molestó, le empezó a insultar y a gritar, pero el judío no entendía por qué le gritaba, y le explicó al cura que eso no era carne. El cura le preguntó ¿Cómo que no es carne, si lo estoy viendo? El judío le dijo que antes de sentarse a comer le echó agua bendita a la carne y le dijo: Tú no eres carne, eres pescado. No eres carne, eres pescado…
Hoy en día, gracias a Dios, no existe la amenaza, que nos obliguen a renegar de nuestra religión para continuar viviendo. Pero, sí existen otras situaciones, en las que el amor a Dios queda en cuestión. Por ejemplo, con el dinero, nos preguntamos: ¿Qué preferimos, rezar en las mañanas Shajrit o abrir más temprano la tienda? ¿Rezar Minjá o cerrar más tarde la tienda? ¿Cerrar el negocio en Shabat o trabajar un día más a la semana? ¿Cuidarnos de robar, mentir, no pagar a tiempo o ganar dinero a como de lugar? ¿Comprar tefilín, mezuzot, libros de Torá o guardar el dinero en el banco?
También con las pasiones y deseos estamos a prueba, si preferimos eso o el amor a Dios. Por ejemplo, si a alguien le gusta la comida china, pero no es Kasher, ¿a quién queremos más a los chinos o a Dios? Si a alguien le gusta ir a la playa los sábados, pero Dios lo prohibió, ¿Qué es más importante, mi disfrute o la voluntad de Dios? Si a una mujer le gusta vestirse a la moda, sin recato, pero Dios le prohibió a ella ir descotada, ¿Qué es más importante la comodidad de ella o la orden de Dios?
Las relaciones prohibidas son otra amenaza, que nos pone a prueba nuestro amor a Dios. Cuando la persona tiene la tentación de ir con su esposa en periodos de impureza o mantener relaciones extramatrimoniales, debe pensar ¿a quién ama más, a Dios, amor eterno, o a…, amor temporal? Todo esto es sin hablar de los que se casan con goyá, o judías con goyim, que desprecian a Dios por el goy o repugnan a esa cadena milenaria judía por una goyá, cosas por la que nuestros antepasados dieron sus vidas, en el pasado.
El rey Salomón en el Cantar de los Cantares describió el amor del pueblo judío por Dios, lo asemejó al amor de un hombre por su mujer, al igual que la mujer haría lo que fuera por el bienestar de su marido o el marido por el bienestar de su esposa, así también haríamos nosotros lo que fuera por el amor que sentimos por Dios. Cuando la esposa le dice al marido que está un poquito gordo, que haga dieta, si el marido la ama, seguramente lo hará. Al igual que si el marido le insinúa a su esposa que está un poquito “circular”, con amor, la mujer estaría dispuesta a hacerlo por él. También cuando la mujer llama a su marido a las cuatro de la mañana, que necesita hablar con él algo muy importante, si el marido la ama, saldrá disparado como un misil para ayudar a su esposa. Así es también con nosotros, cuando Dios nos pide que no comamos ciertos productos, si verdaderamente lo amamos, no comeremos ese producto y si, en verdad, amamos a Dios el despertar en las mañanas para ir a rezar es mucho más fácil. Cuando amamos otras cosas, dejamos a Dios de segundo o tercer nivel.
Que sea la voluntad de Dios que el amor que le tengamos, siempre esté por encima de todas las demás cosas, para que pronto se revele, a los ojos de los demás pueblos, el amor que siente Él por su pueblo escogido y bendito. Amén.
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